Veo libros viejos como mi alma; las hojas amarillentas se descuelgan sin arneses; el pegamento se ha tornado sólido, algo más que mis principios. Los jirones de celofán envuelven una apocalíptica cubierta que, aunque joven, no ha podido resistirse al paso de los años. Son ya demasiadas las extremidades superiores que han manoseado su caparazón y lo que guarda, dejando, cada una de ellas, su inmortal marca sobre él.
Muestra ondulaciones que revelan las estanterías que le han dado coba, una choza para invernar, donde ha pasado tantas horas entre otras fuentes de sabiduría, de las que seguramente no se le ha pegado nada. Solo lo han hecho cambiar de forma, pero sin alterar ninguna de las notas musicales que dan vida a su sinfonía: corchea, negra, redonda, silencio, do, re, mi , fa... Y nunca cesará de sonar, pues cada director de orquesta dispone de ella a su manera, y la renace de unas cenizas que no son exactamente inertes; son cenizas que desean dejar de serlo. Es ésta una de las naturalezas que posee y no comparto, prefiero ser una partitura plena de indicaciones para el intérprete, de las que no permiten que se pierdan ni una gota de la esencia misma de la obra; de las que deben descifrarse con objetividad, la subjetividad la dejo para otras empresas.
Son tantas veces las que se queda en desuso, invisible para los ojos de lectores empedernidos y aquéllos que solo estaban de paso, que le es imposible no abrazar con los ojos cerrados a la puta soledad. No nos engañemos, por muchas virtudes que posea, está claramente subordinado a los que ojean sus páginas en silencio porque de ellos depende que no sea más que pura ornamentación; más que modas de un día o de dos.
Confío en que unos pocos no se cansen de esta complicada trama, pero tan noble en el fondo...
se te ha olvidado poner quién eres en la hoja amarillenta y desusada. no me pasas invisible :)
ResponderEliminarcacófono.