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viernes, 10 de junio de 2011

En el semen y en la carne

Nos encontrábamos tumbados sobre el cesped infinito, cubierto por millones de partículas de agua que no eran indiferentes al fulgor de aquella luna de verano. Una suave brisa nos acariciaba el rostro mientras cantaba una especie de nana que mecía a los tulipanes a un ritmo irregular, pero con la dulzura que el sonido de un beso voluntario deja a su paso.

Yo no era ajeno a la escena que nos envolvía, por lo que me fundí con todo ello, y creí ver temblar a los estrellas. Quizás solo se trataba de luciérnagas que asistían al espectáculo de la reflexión que el futuro más inmediato me deparaba.

-Somos animales al fin y al cabo. Las diferencias entre nuestras almas son diminutas como una ameba, aunque nuestro Yo más íntimo sienta que solo Él posee las llaves del Jardín del Edén. A todos nos ocurre cuando el sueño aún no se ha dejado ver del todo. Es entonces cuando descargamos un pincel secreto sobre el lienzo que sujeta la almohada, creando galerías preciosas.

-Sí, a mí también me ocurre. En esos momentos todo parece estar a unos centímetros de nuestra piel. Es una lástima que solo nos tornemos personas en tan efímeros instantes; el resto del tiempo somos pasto de la inercia.

-De nada sirven las sonrisas, ni las caras largas. La única verdad reside en el semen y en la carne. ¿De qué me sirven entonces las palabras bellas? De nada me sirven. Por eso las guardo en el desván abandonado, para que se pierdan entre los escombros el día en el que el edificio se desplome. Pero dejémonos de habladurías, que Dios nos escucha desde esos matorrales y no tardará en evaporarse. La Caja de Pandora ha sido abierta, y ya nada tiene sentido. Nada.



Rompa estas hojas, Sr. Lector, pues su contenido está maldito.


Daniel C.C.

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