Noche calurosa de verano y plan para todos los colegas. Los chicos apuestan por las cervezas y el futbolín, mientras que las chicas se decantan por los coloridos cócteles veraniegos. Todos ocupan un pub. Las ruidosas carcajadas y los insultos masculinos entierran las risas superficiales de las féminas.
Ya no hay más dinero para partidas y siguen con ganas de jugar. Con descaro se acercan a ellas, que les siguen el juego. Saltan chispas, picardía, locura, calor... Entonces él se fija en ella: misteriosa, silenciosa. Sus miradas se cruzan, se esquivan e inmediatamente se vuelven a mirar, dirigiéndose una sonrisa cómplice que sólo ellos viven. No escuchan a los demás. Una burbuja los encierra pero no quieren salir de ahí.
Con la escusa más tonta se escabullen del grupo. Las risas no cesan hasta que llegan a la orilla. Guiños, carreras, saltos, abrazos, una caída y un beso. Les da igual estar empapados; se divierten, no quieren parar pero cuando el reloj marca las tres Cenicienta quiere volver a casa para no llegar tarde. Acuerdan verse al día siguiente.
Los pasos quedan marcados en la arena; sin embargo, la magia no se va con ellos, sino que permanece eternamente en ese recóndito lugar de la costa.
MCS
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