Aún recuerdo a aquella chica, diría que no tenía más de veinte años. Morena, alta, con ojos marrones y labios carnosos, nariz prominente que afeaba su cara, pero su rostro era enigmático a la vez que sexy. Eso fue la primera impresión cuando la vi cogiendo el tren. Recuerdo como yo iba hablando con mis amigos y ella se puso en el banco de al lado, sola, meditativa, discutiendo consigo mismo si abrir el libro que llevaba en la mano o encender el reproductor mp3. Al final optó por leer el libro, y ese gesto me dejó prendado. Aquella imagen... Recuerdo que me gustaba ir en tren para verla aunque nunca hablaba con ella. La tenía en mi mente como una divinidad. Mis amigos se reían de mi porque decían que no era gran cosa, pero su mirada... su oscura y fría mirada cada vez me atraía más.
Me estaba volviendo loco... ¿cómo amar a una mujer sin saber siquiera su nombre? ¿Y si tenía pareja?... Prefería no preguntarme nada e imaginarla perfecta, no quería saber nada más. Creía que sólo hablando con ella perdería ese encanto de perfección que había en mi cabeza. Cuantos más meses pasaban más ganas tenía de viajar en tren. Cuando iba yo solo me saludaba, pero si había alguien me ignoraba completamente.
Estuve con otras mujeres, pero no conseguía quitarme de la cabeza aquella figura. Quería saber cosas de ella, pero me negaba a buscar. Aunque hoy dudó si busqué: ir todos los días al tren, necesidad de verla, quería ir solo para que me saludara. Puesto que para mi eso era buscar, o por lo menos un indicio, seguí adelante. Al día siguiente de proponermelo fui al tren con la idea de presentarme y entablar una conversación, pero ella no fue. Pensé que estaría enferma, pero pasaron los días, las semanas y no aparecía. Algo dentro de mi me incitaba a seguir yendo al tren, pero conforme pasaron los días esa esperanza de volver a verla desapareció.
Fran Faura Sánchez
jo, qué bonito y triste al mismo tiempo. Todas las historias que se basan en trenes y amores platónicos me encantan.
ResponderEliminarprecioso.