La magdalena, que tiempo atrás había sido la responsable del desvelamiento de la memoria, rodó por el suelo. -Mierdra. Dije citando a otro francés más moderno cuya búsqueda en la enciclopedia de mi nueva casa sirvió de magdalena y trajo recuerdos curiosos a mi mente.
Recogí la magdalena del suelo, le soplé y pensé que no había llegado a estar más de tres segundos en el suelo, regla que suele decidir el destino de la comida que caiga en mis manos. La marca de mis dientes fue testigo de mi paso por allí. Mientras masticaba el trozo esperaba una epifanía o alguna revelación oculta en mi subconsciente, pero no fue así.
Triste, agaché la cabeza al comprobar que lo que yo profeticé en la puerta de un examen de selectividad y siempre defendía, el poder desatascador de memoria de la magdalena prousiana, era mentira. Continué andando por el pequeño piso con la desilusión en mi mano cuando la respuesta vino a mi cabeza. La magdalena no fue prodigiosa por sí misma, lo fue acompañada de té.
Cogí mi cartera, desterré en un rincón la mordida magdalena y salí de casa. Por las escaleras del piso hasta la calle saqué del pantalón mi modesto reproductor de MP3 y lo enchufé. El sonido paralizó mi cabeza, y de haber sido la primera ve en muchos años que lo escuchara habría aniquilidado la fuerza de la magdalena. Una trompeta acompañada de una guitarra. Cerré los ojos, esperanza, un ángel campeón que cambia, un ángel perfecto, portador de la espada sagrada.
Me senté en las escaleras, sonreí, escuche cada una de las sesenta y cinco canciones del aparato, cada una me recordó algo, un amigo, una serie de infancia, un verano, una broma, una risa, una noche, mi coche.
La lentilla izquierda estaba reseca y escocía. Los recuerdos no me habían permitido ser consciente de que debía parpadear. Corrí al gran espejo ante la puerta de la calle y exploré mi ojo en busca de la lentilla que se había movido; recordé una noche cuando una se me partió en el ojo, la derecha fue. Ciego el resto de la noche fui.
El té no fue muy caro y ya lo tenía preparado, extraño, no me había quemado. Vertí el verde líquido en un vaso y sentado en la cama mojé la magdalena y la mordí. De nuevo, nada. Mire el bollo concentrándome para sentir como mi interior se estremecía y un recuerdo se desanclaba del fondo de mi ser y nadaba hasta la superficie de mi mente. Quizás es por la cama, pensé.
Dos bocados eran los que le quedaban a la maliciosa magdalena. Dos camas me quedaban por probar, la de mi casa nueva y la de mi antigua casa. Ya sabía que la cama de mi piso no era así que guardé los ingredientes de la poción del mago Proust y esperé ansioso al viernes.
Tras llegar a mi casa me metí en la cama, abrí el paquete con la magdalena del día anterior y el té frío en un recipiente. Repetí el proceso y nada. Dejé la magdalena y el vaso al lado de mi videoconsola, tenía ganas de gritar y de pegar a Proust pero una carta llamó mi atención.
Mis hermanas habían estado en mi habitación y ahora mi antiguo juego de cartas adornaba mi suelo. Comencé a recoger los fabulosos dragones, las señoriales bestias, los astutos humanos y poderosos dioses. Cada carta una jugada, un corte, y acompañado del corte a mi alma un recuerdo de mi infancia, de las tardes jugando contra mi hermano o quienfuera. Sonreí y cogí las llaves de mi coche.
Los recuerdos afloraron camino a mi antigua casa; por esta calle yo paseaba, en esta librería yo compraba, este sitio me daba miedo, ese edificio es nuevo... Aparqué delante de la cochera en otro tiempo pintada uniformemente de blanco, toqué la burra de piedra de la entrada y abrí la puerta.
Un olor familiar, un suelo familiar, una parte de mí. Sobre la madera de mi antigua cama acabé con la magdalena y el té. Esperé un minuto. Esperé dos. Esperé tres. Nada ocurrió. Salí de mi habitación con lágrimas en los ojos al ver un globo de un personaje de dibujos pegado en mi puerta. Caminé hacia la habitación donde descansaban los juguetes. Me senté en mi sofá desde donde en otro tiempo reiné. Y recordé y reí y jugué.
Finalmente, cabreado, pensé: Proust, eres un mentiroso, tu magdalena no sirve para nada.- No, contestó él en mi mente, en un futuro la magdalena y el té te recordarán este viaje tan especial.
David García Dávila
David García Dávila
Es precioso lo que has escrito. Imagino que tendrás buena cuenta de ello.
ResponderEliminarVeo que te afectó mucho la lectura de Proust, tendré que apuntármelo para este verano.
¡Un besito!
El texto me recuerda a una escena de la novela Te llamaré Viernes de Almudena Grandes, cuando el protagonista vuelve a su habitación antigua y se encuentra un póster con una mancha amarilla que lo emborrona todo, y detrás se ve a la mujer que usaba para sus sueños húmedos. La mancha amarilla le conmociona y empieza a recordar, una vez allí, otras cosas diferentes.
¿existe el pasado?